Inicio
Escritos
Biografía
Galería de Fotos
Literatura & Company
Enlaces
Contacto
Blog
Saludos/ Comentarios
"looks" en el tiempo


El amor siempre viene precedido de la misma luz, tal vez con los mismos rostros, para empezar de nuevo y no acabar nunca de germinar. José Luis Benítez

Meisje met de Parel ("La chica de la perla"), de Johannes Vermeer.

Historias de B. y C. (dos seres hermosos, como tantos otros).

Si quieres saber lo que es el amor para ti, coge un boli y un folio y escribe todo lo que piensas que no es. De todas formas el amor se parece mucho al alma, otro misterio.

     El tiempo después de un fracaso amoroso se parece mucho a las novelas de vacío de Joyce o de Borges.

     C. podía leerlas, pero no estaba curtido ni inmunizado contra esa especie de lucha metafísica para no sucumbir en el intento desaforado de tentarlas línea tras línea, con mente firme, para que no se conviertan mágicamente en cuerdas y en serpientes que envejecen y te devoran o se te enredan en el cuello para ahogarte... y luego engullirte sin más. El lector que en cambio las devora a ellas -es decir, a las víboras- tiene que estar dispuesto a ofrendar de sí lo más escabroso con tal de aquietarse milagrosamente en el rincón obscuro de la devoción. A lo mejor ahí se siente a salvo...

      Por eso C. se preguntaba tanto acerca del tiempo, ahora que no lo tenía ni lo reconocía por un igual. Y lo asociaba de manera inconsciente -sin querer- a la readaptación de una lucha infructuosa por apoderarse de un tesoro que no pertenecía a nadie si no era, en última instancia, a sí mismo. ¿Podría ser B. la personificación deífica de ese tesoro? Si era así, esta certeza ilusa ahondaba en su tremendo dolor. Y la soledad, como esos maravillosos cuentos de esos grandes autores, se colaba como sombra furtiva en la penumbra de su pobre habitación a pedirle cuentas por un pasado no vivido.

     Una noche se durmió presa de sinsabores y de terroríficas premoniciones. Intuía que algo estaba cambiando en su interior, pero ignoraba por completo la operación que se estaba produciendo en la lucha de su agitada alma.

      A los que abandonan, a los impenitentes...  ¡Oh! Escuchar en su interior el susurro macabro de la palabra "abandono" -o algo parecido a "unión total"- resonaba en su debilitada psique a una equivalencia al destrozo entero de su persona, también de otros universos que antaño orbitaran a la medida de sus componentes existenciales. El caos, y después la persecución de la nada, se parecían bastante a esa otra cara perenne de los sueños de sus pesadillas. Y todo ello nimbado de un halo de color rosa enmarcado por las curvas sinuosas de la sensualidad más atrayente y torturante que alguien con tan buena planta como B. podía mostrar al mercado repipi de la prostitución modélica en boga, compitiendo con la más pintada.

      Ráfagas incomprensibles de fórmulas matemáticas le pasaban por la mente como sirocos que azotan las caras en los desiertos. Y, bañado en sudor, se debatía impotente y miserable entre las sábanas empapadas y revueltas.

       A duermevela, cabeceaba todavía...

       Y es que, preciso es reconocerlo, lo de B. representó para C. una verdadera catástrofe. B. lo dejó plantado sin conmiseración alguna, atendiendo que su mente desarrollada conseguiría descifrar el enigma de su alejamiento, y perdonar. ¿Dónde estaba la excelencia del espíritu?, ¿en dónde se inscribía la prerrogativa del ser a demostrarse en plena connivencia con lo divino? Hasta aquí confluían todas las sentencias que, en su ánimo exaltado de romántico febril de ocasión, lo equiparaban a malas penas con la excelsitud chabacana del momento presente. El hombre -se decía en su horas amargas de desconsuelo-, ese ser dueño de la creación por designio divino, rebajado a la indignidad del mono.

     [Estaba claro que no había leído a Nietzsche, que argumentaba en los tiempos de fiebre evolucionista darwiniana que era imposible que el hombre descendiese del primate porque este último, en comparación con el anterior, era bueno.]

     Esa obsesión por haber sido burlado era insoportable para su escasa resistencia moral. B. -maquinaba en sus delirios nocturnos- debería de morir sometida al peor de los más crueles suplicios que jamás nadie arrostrara en la historia de este odioso mundo. Loco apasionado, deducía que los buenos y nobles sentimientos no tenían cabida en esta vida impía; ni la compasión.

      Quedarse estancado en las formas, en la inhalación virtual de las fragancias, vegetar en la percepción atrofiada de los sentidos... Y la mirada extraviada, puesta en el horizonte incierto y repleto de fantasmas. La propia vida anclada en lo más profundo de la decepción. La vida de los otros reflejada en el espejo de las aspiraciones fracasadas, de los sin amparo por causa de su ambición desmedida e irrefrenable.

     Exorcisar el último punto de la generación que sufre la pérdida del paraíso inalcanzable.

      No más noches llenas de caricias, no más días combados por la luz. La permanencia de los sentidos insatisfechos, atiborrados de derrotado orgullo, ante los ímpetus torpes y desgraciados de todo rostro embozado en los arcanos impenetrables.

     B. lo dejó porque, según propia confesión a una amiga cercana, no "me sentía querida", terminó.

     C. parecía vivir embutido en una bola de cristal pintada de azul. Su pensamiento chocando contra las paredes de la esfera y rebotando de nuevo en su cerebro. Ni avanzaba ni retrocedía. Se sentía noble y lujurioso, pero era incapaz de sacar provecho de su situación. Se decía ensoberbecido que para qué iba a reflexionar dos veces sobre las cosas cuando con una sobraba para dejarlas en claro. Sin embargo, intuía que no era suficiente... La figura de B. aparecía delineada y combada sobre las curvas de aquel firmamento de pintura descolorida y ya agrietada. Él la contemplaba sin asomo de ternura, orgulloso de sentirse a resguardo de las miradas de B., fulminantes y acusadoras. Y se negaba a entender la exigencia de la otra parte.

      La sabiduría, en esa quimera esferoide, no consistía en desandar lo aprendido con anterioridad (estupidez manifiesta de orgullo insuperable en que mucha ciencia y filosofía mundanal se fundamenta), sino en desentrañar el poder de lo inasequible. Y eso a fuerza de aislarse del entorno.

     Esas paredes de cristal le devolvían su figura contrahecha y, por momentos, luminosa. Los colores le abrían las puertas de la percepción. Y los cuadros de museo la llave del misterio de su propia existencia.

     Pero eso no valía nada comparado con la influencia de las emociones interfiriendo en sus deseos de liberarse del sufrimiento. 

     El nuevo C. se entreveía, desgraciadamente, bastante lejos.

     Si miraba hacia la luz, contemplaba a B. Si miraba hacia la obscuridad... podía ver todas las cosas, pero representadas en la imaginación de una forma extraña, de manera que nada era permanente. Empezó a saber, que no a sentir, que las emociones tampoco fructificarían en su pensamiento. Era lo que siempre había deseado con todas sus fuerzas: divisarse a sí mismo desprovisto de toda atadura intelectual, sentimental o física. Y eso en el tiempo presente de una vida fugaz. ¿Y las consecuencias? ¿También es necesario pagar en esas condiciones? ¿Por qué habría de pagar?

     ¡Oh! C. descubre la "sinrazón de la razón" de los que el mundo llama "chiflados", que consiste para los tales afectados -según ellos- en no plegarse a nada ni a nadie ni someterse a instrumento que no surja de la fuente del propio pensamiento, que se genera dando vueltas como un trompo siguiendo el perfume de la mujer, al cobrar nueva vida por la energía acumulada. Pero sin olvidar la compasión... 

      "Pues, simplemente, tienes que "pagar" para no ser destruido... por esa otra parte obscura que anida en ti y que no te permite ser tú ni acepta tu individualidad de ninguna manera. Es lo que te mantiene con vida y lo que consiente, casi como una derrota, que los demás también respiren. El proceso mental de evolución es una lucha a pares, como dos caballos desbocados, que se adelantan a tus intenciones para que tú puedas recorrer el camino en lo futuro", parecía aclararle el inconsciente: el otro antiguo "yo", ya bien asentado en sus particularidades y en sus logros después de tanta lucha inútil.

      "Según esto -se consolaba-, a lo mejor B. es mi parte negativa, o la positiva, y con su alejamiento me está salvando de una catástrofe que pudiera producirse más allá del tiempo presente. Pero es muy duro el tener que bregar con las emociones propias, generadas por la incertidumbre, y que antes compartía feliz al amparo de ella. El desafío de sí mismo rompe los moldes del egoísmo que te aprisiona sin posibilidad de liberación. Y uno de los principios que marcan el inicio de la liberación es no consentir que la debilidad sentimental se interponga en tu camino. Si no lo consigues, nunca llegarás a comprender cuál es tu senda".

      "Aquí se trata de libertad interior: y no de no aceptar las reglas del juego", le advirtió su Don Yo, por si acaso.

      La verdad es que C. se extrañaba de "sí mismo", de la capacidad incipiente que estaba naciendo en su interior de poder analizar los estados de su ánimo con tanta luz.

      Las combinaciones químicas que hacen que el organismo se mantenga con vida son tan complicadas e infinitas -y tan "normales" y "cotidianas" las marañas biológicas resultantes-, como las de cualquier psique funcional que predispone al alma. Y entre unas y otras interactúan en una simbiosis de equilibrio que semeja la maravilla de un universo en acción.

       Es un milagro incomprensible el levantarse cada mañana, asearse, desayunar y seguir escuchando, o leyendo, las noticias tempraneras de los medios de comunicación; y de agradecer de algún modo.

       Nuestro amigo estaba empezando a concebir, como consecuencia de sus pasados delirios, que estaba hecho de polvo de estrellas.

       El arte y la vida se parecen mucho, casi como dos gotas de agua. Y casi están supeditadas la una a lo otro.

       En cambio, la locura y la genialidad son desemejantes, estando la primera subordinada a la segunda.

       Entonces, el que ha tenido la desgracia de comparar el "genio" al "loco" cojea precisamente de esto último: porque mientras el loco es un oportunista -figurón/relumbrón, lustroso a fuerza de capas de barniz-, el genio se trepana el coco para inundarse con la música de las esferas, y sobrevive a su intento des/cabellado merced a la excelencia de su arte.

       Para el infante inexperto, que carece de penetración y de sentido crítico, el perro que más fuerte ladra puede parecerle, no ya el más cuerdo, sino el más justo. El arte mierdótico... sublime. Y así escalonada y sucesivamente... en una serie interminable de atropellos, descalabros y papanatadas que se pretenden inmortales. De forma que de esta inocencia/ignorancia se aprovecha, come y festeja mucho vivo del "mundanal ruido", como escribía el sabio de León. Y habría que añadir que del muerto... 

       "Está claro -se decía C. para justificar su propósito-: hay que ceñirse a lo que es esencial. Y dejarse de cuentos... Todo lo que no sea "esencial" me va a entorpecer las cosas. ¿Qué es "esencial"? Quizás todo lo que no necesito, lo que me sobra... haya de desaparecer. La mansedumbre y el servicio, serían la respuesta exacta conforme a vivir en parte activa la esencialidad. La destrucción del ego en aras del sentido comunitario. Y ello conlleva una receptividad mutua. Es el último grito en filosófico puesto de manifiesto. Pero en el fondo ya bastante añejo el postulado. Y el sentido de la vida...".

       Una metáfora (casi un acertijo):

       El amado se resiste, la amada enloquece... y, refloreciente, la margarita de pétalos de oro mira las caras

       La promesa de transformación de la realidad, le parecía un reto insuperable.

      "Errar... -se decía- es como arar: destripar la tierra y abrir surcos para depositar la semilla. Y ni yo ni la simiente sabemos qué será después...".

     Nuestro buen C. se está acercando cada vez más al problema extrínseco de la vida, que consiste en la lucha denodada contra la impotencia que se crea debido a la falsa apreciación de esa realidad. 

     "Esa impotencia te reta, pero no te vence", pensaba en sus horas vacías, lejos de la imagen danzante de B. 

     C. sueña que soñaba.

     B. no contempla el tiempo.

     

Copy/SafeCREATIVE