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"looks" en el tiempo


"Sonata en el Espacio"/ Ed. La Idea, Madrid, 1979.

                                                           Momentos

                                      Momentos, todo momentos.

                                      Momentos que van y pasan.

                                      Y el sol, con sus rayos rojos,

                                      Momentos que te traspasan.

                                      Momentos la vida y muerte,

                                      Momentos dolor del alma.

                                      Momentos si es que me miras,

                                      Momentos si es que te apartas.

                                      Momentos, sólo momentos.


"Sombras que pasan"/ Editorial: www.publicatuslibros.com. Edición digital, Jaén, 2009

También puedes acceder a través de:

http://books.google.es/books?id=uXi88mGbwFcC&printsec=frontcover&hl=de#v=onepage&q=&f=false

Si quieres puedes dejar un comentario:

http://www.esliteratura.com/docs/sombras-que-pasan-de-jose-luis-benitez-1174.html

http://www.newstin.es/tag/es/110360115 

http://weread.com/search/book/sombras%20que%20pasan%20jose%20luis%20benitez

La chimenea

Apostado delante de la casa,

algo alejado, se encontraba Él.

Y Ella,

seguramente,

se encontraba dentro de la casa.

Las nubes describían los dibujos singulares

de miradas aburridas de cristales superpuestas

en aquella tarde triste y monótona.

La liebre que veloz corre,

el coche que pasa renqueando,

la voz perdida...

y yo,

mientras tanto,

sangrando por dentro.

Ella o Él,

 o ambos a la vez,

dormían en la casa.

No se oyó el silencio,

y no se escuchó nada.

Él o Ella,

o ambos,

andaban desnudos

-no los delataban los gemidos-

sobre ascuas empedradas.

Sus pisadas refulgían las centellas.

Él o Ella,

no lo sé,

o quizás los tres.

La noche resplandeció y se obscureció el día...

Ella o Él,

no sé,

o quizás los dos...

La tortura infinita del huido amor

influyendo en las pesadillas de la noche.


De aquí para allá

No todos los momentos eran iguales.

Yo percibía la diferencia,

la sutilidad que parecía romper

las cadenas del tiempo medido.

Tus labios, tus ojos, el temblor de tus manos...

delataban la inquietud de tu mente.

Podía imaginar con cuadros,

no míos, los hechos no vistos

en el momento de su factura.

Pero el lamentar de las suposiciones

nunca me sobrepasa del todo.

Comprendía perfectamente la necesidad

de asimilar los atropellos del dolor interpuesto

por las circunstancias adversas.

Captaba los sonidos, las muecas, los chillidos...

Aquella penosa y sumida lobreguez

en la locura de un cuarto que resumía

infinitas historias muertas.

Y ahora, de pronto, tomaban cuerpo y vida en mí.

Era el brillo de tu mirada donde se reflejaban

todas las amarguras destiladas a lo largo

de impensadas acciones surgidas

de lo más lejano y profundo.

Las vivencias engañifas de los unos y de los otros...

Retorcidas figuras que no expresaban

sino el auxilio de los menos dispuestos a ofrecerse.

Y tú, en aquel ángulo obscuro,

derrotada, cabizbaja, sufriente,

caída en la desnudez de la impotencia más atroz.

Me daba pánico el mirarte a la cara.

Tus ojos lacrimosos salpicaban mi vista

de sospechas incapaces de afrontar

los hechos de tanto pasado surgido de repente

como de una nebulosa.

No era el valor de lo actual,

 sino el no poder ni saber traducir las sensaciones

que por completo me amordazaban y me paralizaban

mis sentidos igual de rotos, contrahechos.

Los actos, ajenos o no, que se cobran mucho más

del placer que revierten...

Sometidos ambos a la tiranía de

de todo cuanto de invisible

esclaviza el ánimo y destroza el corazón.


Las palabras

Las palabras se quedan cortas

para describir lo que percibían mis ojos.

Aquel lejano día surgió por encima de la montaña

un monstruo formado por los deseos

insatisfechos de mi alma.

Creí escuchar una voz que a la calma me llamó

y que, firme, me conminaba con su autoridad perentoria

a enfrentarme a aquella terrible y maldita ilusión

que a mí ya no me importaba para nada.

Rechacé la propuesta y di la espalda al esfuerzo

que procuraba el final de mis arrestos.

No te lo puedes ni siquiera figurar...

Pero la voz me amenazaba

con destrozar mi vida para siempre

si yo no me atrevía a arrostrar las consecuencias

de mi desfase de otros tiempos períclitos.

Es que yo creía que ya no eran míos,

que se difuminaron en el espacio...

aquel estrecho reducto en donde la purificación

sólo era válida si te dejabas quitar el premio de tus tesoros.

Mas no quise: resistí y me opuse y desobedecí la orden.

Sentí insuflarme del poder primero que infunde la rebeldía

como un rayo fulminante que te crece y que me cubrió todo...

Aquí estoy parado, pensando que acierte la palabra

a descomponer el hechizo de mis enlutados delirios.

Ahora, si miro a alguien, no entiendo qué cosa pueda ser...

Ser o no ser es la palabra de la creación

muy propia del individuo

que se expande en la tierra de promisión

y que arroja su fruto

sin semilla para arraigar en las entrañas de lo fértil.

Malbaratar y derrochar la vida con tal después de atesorarla.


Bebiendo a solas

Escanciar el vino, la corona azul.

Tú no estabas a mi lado...

para festejar la abundante cosecha.

Terminar de apurar el líquido

y entonces me alerté, sentí miedo

y volví para atrás de la memoria fallida.

Todas las posibilidades se veían iguales,

una vez tamizadas por la criba inviolable

del tiempo amigo que se dejó absorber.

De las muchas ilusiones, tú apareciste tumbada

sobre un lecho mullido de tu recreada imagen,

recostada no lejos de mí, bastante sorprendido.

Miré por el ventanal hacia la casa adivinada

en lontananza asándose bajo los rayos del sol,

pero la puerta de cal y tierra permanecía cerrada.

Me sentí rico, poderoso y agradecido a los dioses

del destino por la suerte de acompañarte

en el transcurrir penoso de las horas que nunca

vuelven a sonar, aquellas que se suceden como olas

que expiran en el infinito de los sueños.

Mar, sueños, olas; rayos, luna, amor...

palabras que nombran hechos no vividos.

No entendía nada de cuanto a mi alrededor

se sucedía que me hiciera sin intervalos

recapacitar aquel extraño momento

de incierta luminosidad. El calor sofocante

se colaba por el ventanuco junto al polvo

del camino ardiente sobre la cama.

Sólo empañaba la felicidad de mi corazón

la amenaza siempre posible de aquel eterno

rival agazapado en lo más recóndito

de las sombras que poblaban los recuerdos.

Ese fiero enemigo que mora eternamente

en la imaginación de todo aquel

que se sabe amado a pesar de ello.

La cancela de la casa se entreabrió del moho:

nadie asomó su rostro de fantasma...

Y decidí mejor seguir bebiendo, aun sin ti,

y reconocer la dicha del ser consciente

de mi buena fortuna.


Algo que pasa

Si dices que te vas,

no vuelvas nunca más.

¿Recuerdas la inmensidad?

Aquellas noches de colores irisadas

extendidas sobre el manto de la penumbra.

Los sollozos, los requiebros; tus risas, tu gracia...

esparcidos por la alfombra como pétalos caídos

sobre el frío estanque.

Si dices que regresas,

intenta que no estás.

Se pierde la figura envuelta en la tiniebla.

Descubre la pasión,

estancias del viejo castillo,

graciosa al pasear...

desnuda tu hermosura, pegada a ti como el olor a la rosa.

La luz cubriéndote inflamada...

Las joyas

-otra vez la estancia-,

mi pobreza al contemplar.

No vuelvas más

si dices que te vas.

Recuerda aquella inmensidad.

Vi como un espejo traspasar tu rostro.

El rayo, la elegancia... para atrás no miraste.

Ni siquiera por azar te fijaste en el oro.

El lujo tirado en aquel desván

sumido en la noche más obscura.

Mi cuerpo,

desolado,

se niega a repensar los actos.

El desamor hace aguas.

Y nunca,

está claro,

me amarás del todo.

Ya lo anunció aquel triste poeta

con sus rimas de azahar marchitas.


La boca muerta

Recuerdo vagamente que sus besos

se insinuaban en sus ojos soñolientos

y expiraban en sus macilentos labios,

fríos y temblorosos, casi morados.

Estaba cansada de amar y ser amada.

Tal vez harta de vivir como una tonta

rodeada de ineptos que por su príapo

se tomaban el cielo con sus manos.

Y repitiendo como una idiota todo el día

los cariños aprendidos al socaire,

como una estúpida que siente no sabe qué

y se sienta como las piedras para parir

gente como ella y como él.

Ese seductor mercachifle de tres al cuarto

que despliega sus toscos dedos

para tocar la humedad reseca y plasta

de las entrañas y de las ingles heladas.

Quizás harta de repetir y escuchar

las mismas palabras bobas, vacías

de verdadero amor y pasión

que no encienden sino que apagan

la hoguera de los corazones más sedientos.

O los mismos marcos, los mismos cuadros,

los mismos pintores sin imaginación

ni plástica de torsos desnudos

que no saben inventar otras figuras

que las mías cuando sueño y me desvelo

en las noches obscuras de mi luna,

sumida en la insatisfacción más profunda.

Sola, desacostumbrada y desesperada

por la agitación inútil de mis miembros

llenos de anhelo y deseosos

ante el derroche de la incertidumbre del mañana.

Siento que muero ese cada día:

y que cada día

muero un poco más de lo esperado.

Anclada en el desamor, sola y entristecida

por la falta de acicate para rellenar la horas

que pasan como fantasmas del reloj

ante mis doloridos y fatigados ojos.

No me conmueve nada de cuanto tú

me susurras quedo en el oído insensible;

y tampoco me importa nada de ti;

Tu sangre congelada se queda pegada

a mi gelidez mortal que ni el invierno.

Y tu cuerpo me parece tan ridículo

y menos importante o interesante

que el de los monos; que mi almohada,

con la que sí me refriego y me caliento

cuando te doy la espalda y sueño con otros

que no tengo ningún deseo en conocer.

Te debates como un títere entre el sí y el no.

Y entremedias desconoces tu futuro

y cien mil cosas más que te envuelven,

por no declararlas todas una por una.

Alardeas de lo que no eres y nunca serás.

Eres un reptil que respira... y poco más.

No me intrigas ni despiertas en mí

pasión alguna. Eres un cuerno de cencerro

y un badajo de campana enmohecida

a la intemperie de los siglos que no son

para ser: mañana tampoco contarán nada.

Añorados porque en ellos

tampoco aleteó nadie digno

de que yo volviera mi mirada;

no me importa nadie,

no me importa nada.

Tampoco me importa tu mundo

más que la distancia equidistante

de un punto a otro si no estoy

dispuesta a forzarme para reconocerlo.

Patrañas repletas de falsas ilusiones.

Fantasías pergeñadas por la biología

de los ciclos, la confabulación de buitres

y la reafirmación del cuento invisible.

Te habla, amigo mío, el plural de mi alma,

que ni es ella ni es tampoco él; un poste rígido

ante la perplejidad de la existencia.

Y eso no es sin gracia que te lo revelo,

para nada... a ti.


No hay mitos

El sentido de la conciencia

es la generación del caos.

- viajes, descubrimientos,

conexión, tres mentiras...

y el agujero del infinito-.

La temporal auto-destrucción

para un renacimiento del ser individual.

Es el fiel de una balanza que mide el contrapeso

de las acciones sin sentido de los hombres

por alcanzar el conocimiento,

obligados a peregrinar por el cuerpo de la materia,

hasta ahora,

sin entender los elementos de lo que está compuesta

(poca cosa si no se practica la dulzura).

¡Qué cordura!

El ser confrontado, encadenado a la cruda realidad

-aquella que tú te creas o no-

sin preparación sunficiente para comprender

su propia existencia desgarrada.

Se debate como un héroe de pacotilla,

sin moverse de su silla

de la secuencia frecuencia

de un abismo generado por su propia incertidumbre.

¡No hay lumbre! ¡Ni relumbre!

Ni hilos que de él dependan

si no controla su energía...

cada día.

No se vuelve de nada, si no que se está en ello.

Los otros universos que no están en éste

tampoco están más lejos que la punta de la nariz.

Los sueña la dueña de la indeterminación,

que no es física ni siquiera cuantifica los hechos.

Da igual lo que se haga, da igual lo que se diga...

Siempre y cuando se siga la línea de la propia vida.

Desandar lo recorrido en falso.

Mas ello es imposible:

La alambrada eléctrica del paraíso reencontrado,

impide el salto al vacío. 

Propia, propia, propia...

Esa es la ecuación indescifrable,

quizás salvable, o reciclable,

del hombre de corazón de agua.

Pretender explicar las cosas,

en un mundo claramente absurdo

para el observador impenetrable del misterio,

es matar la regeneración del Prometeo de turno.

Es la pérdida del poder de redención

-¡menudo juego!- de la piedra inerte.

¡No hay muerte!

La mente tropieza y habla provista de leyes simples

que sólo rasgan la superficie de ese arcano;

luego aclarar lo que en otros acontece, o se cuece...

resulta imposible de momento.

Y esa pretensión fatua

sobrepasa todas las fronteras impuestas

por la fabricación de la caca original.

Error de factoría que nos marca a todos...

En el ajedrez: fichas fuera, jaque o mate,

otra vez... partida: doble, triple, ...

el infinito te lo marca la conciencia de tu propia vida.     


EL vacío pintado

De mis penas,

niebla,

suyas.

A mis nieblas,

penas,

tuyas.

Suyas,

tuyas;

apenas nieva.

Mas no mías,

sin manías.

Que rompen las olas,

que naufragan los moldes.

Que no pintan nada.

Que sólo reflejan recuerdos torcidos,

la luz sin fulgor.

¡Qué barcos, qué moldes, qué velas...!

¡Qué mares los surcan sin agua encallada!

De mis nieblas,

tuyas.

A mis penas,

suyas.

No mías,

sin manías.

Oquedades...

El viento, la vida, el mar...

tempestades.

Mas no mías,

sin manías.

Soledades.

Que quedan paradas

cual barcas erradas

en un corazón.

Mas no mío,

ni tuyo,

ni suyo.

De nadie el perdón.

Corazón tuyo,

suyo corazón.

Lágrimas al viento que fraguan amor.


Amor sabio

Te doy gracias infinitas por hacer todo lo posible

para dejar de amarte,

sin saber que con todas tus vejaciones,

con ello me salvaste del desatre.

Yo entiendo, claramente, el motivo de tus desprecios.

Quizás tú los echabas por otro sitio,

pero al final el resultado era el mismo.

No cambian las leyes de la vida fácilmente con el tiempo.

Y aunque existimos sometidos a su tiranía,

poseemos la libertad, cual títeres, de actuar a su antojo.

Te doy las gracias porque sé que tú,

en el fondo,

me amabas mucho más de lo que te representaba tu mente;

que tu pasión por otros te nublaba la vista...

y que un día reconocerás la verdad de mi ser contigo.

Quizás yo ya no esté para asumirlo cerca de ti.

Otra boca besará tus labios

y otras manos acariciarán tu cuerpo.

Pero el nuestro recuerdo permanecerá siempre

en lo más profundo del sentimiento

como rescoldo de hoguera que tarda en apagarse.

Tal vez entonces mire al horizonte

y contemple inadvertido el milagro

de nuestras imágenes felices y risueñas

completando la parte que les faltó esculpir

en el misterio del amor.

"Sombras que pasan", editorial: www.publicatuslibros.com. Edición digital, Jaén, 2009.