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LEYENDAS DE BELDA-CITY

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Hanter

París, 15 de agosto de 1994.

         He conocido a un sujeto que no pertenece a la clase humana: aunque su físico no se diferencia del nuestro en absoluto.

         Es muy atractivo y las mujeres se fijan mucho en su apriencia: pero él no les presta ninguna atención.

          -Ando perdido en este planeta-me dijo. Se confió al parecer porque debió de confundirme con uno de los suyos: en ese momento estaba más empapado que una cuba, pues en una taberna cercana unos juerguistas le obligaron a beber con amenazas sin tasa hasta que le salió el vino por las orejas. Su actitud distante, apacible y sumisa, debe de chocar mucho a la gente, siempre dispuesta a descargarse sus culpas sobre la inocencia.

          ¡Y eso que él se alimenta sólo de pasteles!

          Vive un tiempo definido, como las bombillas.

          Puede hablar cualquier idioma; hablar durante horas sobre un mismo tema; pero no puede calcular ni improvisar las respuestas: entonces, con el esfuerzo, se pone pajizo y suda como un condenado.

          Todo está archivado en su mente, repleta y atiborrada de fechas, hechos y datos pormenorizados. Nunca memoriza lo que hizo el día anterior. Siempre da la impresión de ver las cosas por primera vez.

          Dice que se llama Hanter. O habrá querido decir otra cosa...

          Duerme en los parques. No siente frío ni calor. ¡Y tiene la ventaja de que no fuma!

          Le dices ven, y viene; le dices ve, y va.

          He querido convencerlo de la necesidad de que viva conmigo y me sirva. No ha parecido entender mi propósito. ¡Ahora yo continúo realizando los trabajos rutinarios que me desagradan y me enervan! Con Hanter, pienso, hubiera sido más sencillo.

          Creí apreciar que los hombres le infundían pavor; y yo desconozco la razón; sobre todo si sobrepasa una línea divisoria de acercamiento prudencial a la que está subordinado.

          Hanter no vive adaptado y sometido al tiempo. El tiempo real es una proyección sin fundamento para él, un puro espejismo. Lo mejor de Hanter: Puedes, a través de él, ponerte en comunicación con los mundos invisibles. Pasado, Presente, Futuro... son una misma cosa.

           He observado que la energía que potencia tanto su mente como sus movimientos se abastece de una regeneración autóctona; como en un circuito cerrado. Su cerebro rechaza y desvía la que le correspondería en lógica y en justa compensación -la sideral-; y a veces despide chispas eléctricas que pueden resultar muy peligrosas para quien se encuentre de manera casual a su lado. La gente lo toma por una gracia.

           A mí no me afectan, debido a mi condición de salteador de dimensiones.

           Se despidió llamándome barón de Brunswick, pariente lejano de Barbarroja. Quedé sorprendido por como utilizó ese nombre conmigo, estando yo ajeno por completo al hecho. Y me dijo que había visto en mí tantos personajes históricos como pajaritos cuelgan de las ramas de un árbol. Mis ropajes eran tan varios y pintorescos y coloridos... ¡como los de un actor!

           -¿Un buen actor? -le pregunté.

           -Soltó unos chillidos raros y salió corriendo.

           Hasta ahora.

           "Leyendas de Belda-City": Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1996.


Un guerrero entre guerras

París, 20 de diciembre de 1994.

          En París, he trabado amistad con un alemán -Zederbohm-, de espíritu muy noble, que se encontró a caballo entre las guerras de este siglo.

          Está más recosido que una chaqueta vieja y se muestra muy orgulloso de sus heridas. Se ha descubierto y me ha enseñado el trasero, en donde tiene un agujero en un cachete por donde puede atravesar un dedo sin dificultad. Se halló en Normandía cuando el desembarco aliado, y allí presenció caer a muchos de sus compañeros partidos en más trozos que un cerdo en una carnicería por San Martín.

          También participó en la campaña de Rusia, de la que no quiere recordar nada. A pesar de que a su padre lo fusilaron..., no siente ningún odio por el matón. ¡Éste es un hombre de roble! A veces se comporta como un niño.

           Los alemanes, que utilizan mucho las cosas, raramente pierden el humor. Se abastecen y se insuflan de una fuente de agua compuesta con propiedades energéticas de un optimismo cósmico.

          No sabe lo que es la guerra ni le interesa. Si tuviese edad y vigor para ello volvería a combatir de nuevo si se presentara la oportunidad.

          Ahora se pasea mucho por el barrio de Saint Germain; tan despreocupado y curioseador como un pensionista.

         En ocasiones sufre una especie de amnesia y pierde pronto la retentiva de las cosas.

          Una tarde me preguntó si la gente que él contempla son gente de "verdad".

          - Antes -me dijo- creo que la gente era de otra manera.

            Insistió en que si esa gente que él veía y que no eran de verdad existían con todas sus consecuencias.

            Le dije que yo creía que sí.

            Y él me contesto que él no sabía si él seguía existiendo en realidad.

            En ese momento pasaba una señora por nuestro lado.

            -Tenga usted cuidado con esa señora -me advirtió-; en su cuerpo se superponen varias capas...

            -Es obvio -contesté-. Es gorda.

            No se hizo eco de mi humor irónico.

            -¡Aprenda usted por su bien a no fiarse con tanta simpleza de la apariencia de las cosas! -gritó-. Yo le hablo de otra cosa, de otra clase de revestimiento; esa señora arrastra tras de sí una caterva de muchos seres infernales.

             De pronto sentí un beso en mi mejilla: no se trataba de mi amigo, que había misteriosamente desaparecido, casi esfumándose de forma un tanto fáustica.

             Luego pude oler un perfume extraño que se levantó y expandió en torno mío.

             Prorrumpieron voces desacordes y lejanas, como de gente que discute entre sí. Y se escuchó: "Los hombres son la apariencia, y las mujeres el deseo de aparentar".

             "El tiempo sólo se cumple en Él".

              "Y sólo Él conoce el momento propicio para plantar la buena semilla en el espíritu del hombre".

              "Un ejército de ciegos luchando contra otro que ni siquiera los que tienen vista pueden ver".

              "El hombre ha roto la alianza e incumple leyes que incluso respeta el mismísimo Dios".

              "Las estrellas fijas..., las estrellas... fijas... ¡no están tan fijas!". Sumar, restar... 31 grados... ¡Yo que sé!

              No entendía nada en absoluto de todo esto que escuchaba. Así que, algo asustado, apresuré mi marcha... y me alejé de allí cuanto pude. 

"Leyendas de Belda-City": Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1996.


El mono

           En Belda-City existía un personaje singularísimo que contaba historias curiosísimas. Se conocía muy bien a los filósofos clásicos y sabía inventar fábulas que entresacaba de los mitos que los demás no comprendían, pero que expresaban a medias en su quehacer diario. "Los hombres -decía- obedecen al poder de la palabra, que no les es propia, y a la que adornan con un sonido". Este sabio y maravilloso varón era, por otra parte, poeta y muy famoso en todo el pueblo por el sobrenombre del "Tuerto del Águila". Cuando jugueteaba en el campo, siendo un niño, había perdido un ojo. Habiéndose dormido, un águila vino y se lo picoteó..., sacándoselo. Fue el izquierdo: cuya cuenca huera la taponaba con un pedazo de trapo que se sellaba con cinta aislante. El derecho lo salvó por ventura. Aún un adolescente, lo nombraban por ese apodo casi épico. Aunque mucha gente lo motejaba el "caballista" -queriendo significar probablemente "cabalista"-, al estar siempre tronando con tanto acierto sobre todas las cosas.Y así intentaban reconocer su sapiencia.

            Murió la anciana madre del Tuerto, que regentaba un quiosco callejero casi ambulante. Y el municipio, apiadado del desamparo material del hijo, le cedió en perpetuidad un rincón de la plaza para que continuara con el puesto y así ganarse la vida. El Tuerto vendía chucherías y tabaco; novelas de Estefanía (del Oeste) y cromos y tebeos de enanos, de hadas o historietas de guerreros, detectives o viñetas repletas de humor y filosofía. 

            Cuando podía disfrutar de ratos libres, al margen de sus ocupaciones habituales, aplicaba el estro a la musa y plasmaba sus felices inspiraciones en cuartillas repletas de redondillas, sonetos y alejandrinos, componiendo estrofas en las que se revelaba más de lo que exponía en apariencia.

             ¿Su entendimiento de todas estas cosas era profundo? No se sabe.

             La siguiente historia la narraba con frecuencia, empleando mucho el imperfecto, que decía que sirve para aguijonear y potenciar la devoción en el hombre.

              Alardeaba de conocer una obscura cueva en las afueras de Belda-City, cerca de un páramo llamado la Fuente Alta, en donde vivía un mono tonto que tenía secuestrada a una princesa bellísima a la que hubo encerrado en una habitación más obscura que la gruta, y sin respiro alguno. La crueldad del mono llegaba hasta el punto de tener vendados los ojos de la hermosa y dulce princesa (dependiente para todo del mono); que la engañaba haciéndole falsas promesas de liberación y le aseguraba cada mañana que en una ocasión le mostraría el camino de la libertad y de la esperanza asomándola a una ventana dispuesta en la cámara. Ella, ignorante de lo que era una cosa u otra, se ilusionaba con esta idea de escapar de una prisión que no sufría por entero, pues el conocimiento sobre lo que le pasaba realmente... no era muy verdadero.

               Al amanecer, el mono, que era muy malicioso y sanguinario, aparecía en la fría habitación y llamaba a la princesa; acudiendo presurosa desde su apartado rincón a la orden solícita de su mono, al que nombraba confiada, dulce y amorosa, "príncipe". El mono, con falsa promesa y halagos, le aseguraba que iba a mostrarle la ventana por la que podría escapar, y así poder contemplar el Sol y su Luz, que la princesa tampoco conocía, pero... !ilusión! El mono se parapetaba en un rincón dispuesto de un palo y le decía:

              -Ven, ven; por aquí está la ventana.

              Viva como una campánula, y llena de fervor, venía amorosa siguiendo el sonido de la artera voz del mono, que correteaba de un sitio para otro jugando con la credulidad bondadosa de la bella. Cuando al final paraba de dar saltos, con ayuda de la intuición se llegaba hasta el lugar de donde provenía la voz y el mono entonces arreaba un porrazo sobre su linda cabeza; y la pobre niña se quedaba turulata, transida de dolor.

              Volvía el mono a saltar a otro rincón del cuarto y se situaba cautelosamente a la espera, engañando con su voz y sus promesas, a que la tierna niña se acercara hasta él. Y entonces descargaba de nuevo el palo sobre la cabeza de la ingenua princesa, que bailoteaba en el cuarto ciega y afligida una vez más por el dolor. A pesar de que el mono siempre la engañaba, volvía a creer siempre en las falaces promesas. Ella ignoraba lo que era la liberación, pero buscaba la liberación; ella no sabía lo que era la Luz, pero buscaba la Luz. Estaba tan acostumbrada a la obscuridad y al sufrimiento, que el mono, que se lo proporcionaba con creces, era para ella un "misterio" amado y divino; sin entender ella lo que era "amado" o "divino".

                No obstante, se sentía un ser muy feliz y daba en su corazón gracias al mono por proporcionarle tanta dicha.

                -¡Este mono juguetón no me enseña la ventana, pero me hace ver las estrellas! -se decía.

                Había una rata sabihonda que tenía su guarida en el cuarto y que presenciaba a diario cómo el mono déspota se burlaba y maltrataba sin pudor a la bella princesa. Esta rata era la Reina de las Ratas y era muy caritativa. Se condolía de su dolores y penas inmerecidos y le reveló una vez la manera en cómo podía realmente alcanzar el Sol que su príncipe le prometía pero que nuca llegaba a ver.

                Mucho se escandalizó la princesa de lo que la Reina de las Ratas le proponía, pues significaba una desobediencia a su amo el mono. Y era que una mañana, cuando el mono viniera como de costumbre a enseñarle el ventanal, no le hiciera caso y se mantuviera quieta en su sitio; pues decía la Reina de las Ratas que el mono tampoco podía ver en la obscuridad del cuarto, sino que adivinó que para él la luz residía en la credulidad de su prisionera.

                La Reina de las Ratas, que comprobó la negativa obstinación de la hermosa en poner en práctica su plan concebido tan astutamente, intentó disuadirla de su firme propósito insinuándole que se trataba de un juego muy divertido que de seguro encantaría a su amo el mono, ¡y que ya vería lo mucho que se regocijarían todos! Convencida, pensando que de esta manera satisfaría al mono, consintió en prestarse a la artimaña.

                -Un día -dijo la Reina de las Ratas-, cuando venga el mono y te llame, no acudas; quédate inmóvil en tu rincón y dile simplemente: "Estoy aquí, ¿no me ves?". Si él insiste en que te acerques, responde igual. A buen seguro, desesperado, vendrá en tu busca. Así te demostrará lo mucho que te ama.

                La princesa conocía el amor de una manera muy parcial, y lo poco que conocía estaba impregnado del sufrimiento que le infligía el mono; por lo que estuvo maravillada de que un nuevo sentimiento pudiera incorporarse a su rutinaria felicidad.

                 -¿Y qué hago entonces? -preguntó.

                 -Bueno; cuando él se vaya acercando..., te callas. Alarga entonces los brazos, lo coges firme del palo y tiras con fuerza hacia ti... ¡Ya verás cómo le gusta!

                 La Reina de las Ratas practicó este ejercicio en sucesivos días junto con la princesa, para que no perdiera pie o fallara en su abordaje.

                 Y luego se determinó ésta última a guiarse por estas certeras instrucciones.

                 Una mañana se presentó el mono como de costumbre y la llamó, diciéndole que iba a mostrarle la ventana. No le hizo caso y permaneció sin bullirse en su sitio. El mono insistió e insistió, pero ella no obedecía en esta ocasión. El mono, irritado, fuera de sí, se llegó a tientas donde estaba parada. Una vez que presintió su cercanía, ésta lo arrebató a traición del palo y tiró con violencia para sí, entre risas y llena de gozo por ver la felicidad que iba a proporcionar con este divertido juego a su querido príncipe el mono. ¡Tan fuerte e inopinado fue el tirón, que el mono fue a estrellarse contra la pared del cuarto, partiéndose el gaznate! Se escuchó un golpe, seguido de un grito de tremendo dolor, y un ruido sordo de algo pesado que se desplomaba en el suelo.

                  La Reina de las Ratas, que estaba pendiente como una bicha del suceso, corrió presurosa a asegurarse de que el mono yacía inerte sobre el enlosado; y tiró con fuerza de la mano de la princesa hacia la puerta de salida. Pues había dos puertas... El mono nunca salía por donde entraba.

                  -¿Le ha gustado? -preguntaba ésta alborozada-. ¿Se ha divertido el mono mi amo?

                  Una vez fuera de la gruta, la Reina de las Ratas le quitó rápido la venda de los ojos y le advirtió que se alejara de aquel lugar cuanto antes. La princesa, que percibió por primera vez en toda su vida la Luz, confundía los objetos. Las personas le parecían feas y le daban miedo; y los animales y los árboles y las plantas de flores le parecían hermosos, y le infundían tranquilidad. El agua era para ella como un espejo de cristal luminoso que se rompía en mil colores.

                   No quiso alejarse de aquel lugar sin admirar a su amo el mono, por lo que insistió en hablarle. La Reina de las Ratas se cercioró antes de que el mono había dejado de existir; se condolió de la princesa y se lo permitió al final.

                   Cuando, encantada, se acercó hasta el mono, henchido su pecho de ilusión por lo que acababa de perpetrar; preguntando lo que le había parecido el juego tan divertido, el mono permanecía tieso, en perfecta quietud, sobre el suelo, chorreando sangre por la frente...

                   ...Le pareció el mono un ser muy hermoso; pero nunca comprendió el por qué no le respondió ya más.

                    A partir de entonces, la princesa reinó sobre un país en donde nunca se ocultaba el Sol.

"Leyendas de Belda-City": Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1996.